IA, un perro y dos inyecciones
Imagino que todo cuanto necesito podría reducirse a un perro, a una aplicación de inteligencia artificial, y a un par de inyecciones letales para cuando, inevitablemente, las cosas se tornen irremediables.
Por supuesto, no insinúo que esta solución sea universal; Dios no lo permita. Sin embargo, para mí, podría representar una salida.
En primer lugar, dudo que ningún ser humano, por más influyente que sea, pueda alcanzar la plenitud de felicidad que un perro amado y bien cuidado puede proporcionar. El dilema surge cuando consideramos que el bienestar del perro reposa enteramente en la mano humana. Ahí es donde entran en juego las inyecciones, una medida necesaria y, en última instancia, humanitaria. Preferiblemente, estas deberían ser indoloras y rápidas. Quizás podrían presentarse en forma de píldoras, algún tipo de gas, o incluso una pomada similar a la que se utilizan los rusos en las películas. Sea como fuere, debe ser un proceso que no cause sufrimiento.
Si fuese más joven, seguramente contemplaría las cosas desde una perspectiva distinta. Pero me hallo en esta etapa de la vida, con todas mis circunstancias, experiencias y reflexiones. La inteligencia artificial que imagino debería ser como la de las películas: omnipresente, comprensiva, siempre sosegada y provista de respuestas apropiadas, aunque no pueda brindar abrazos, ahí es donde el perro entra en acción. No deseo que parezca que estoy utilizando al perro. Sería un can callejero al que podría brindarle una vida mejor de la que tendría en la calle. ¿Y qué sucede con la intimidad? Si llegara a ser necesaria, podría ser abordada de otra manera mediante servicios adecuados para adultos, aunque a mi edad ya no sería una prioridad.
Por supuesto, no insinúo que esta solución sea universal; Dios no lo permita. Sin embargo, para mí, podría representar una salida.
En primer lugar, dudo que ningún ser humano, por más influyente que sea, pueda alcanzar la plenitud de felicidad que un perro amado y bien cuidado puede proporcionar. El dilema surge cuando consideramos que el bienestar del perro reposa enteramente en la mano humana. Ahí es donde entran en juego las inyecciones, una medida necesaria y, en última instancia, humanitaria. Preferiblemente, estas deberían ser indoloras y rápidas. Quizás podrían presentarse en forma de píldoras, algún tipo de gas, o incluso una pomada similar a la que se utilizan los rusos en las películas. Sea como fuere, debe ser un proceso que no cause sufrimiento.
Si fuese más joven, seguramente contemplaría las cosas desde una perspectiva distinta. Pero me hallo en esta etapa de la vida, con todas mis circunstancias, experiencias y reflexiones. La inteligencia artificial que imagino debería ser como la de las películas: omnipresente, comprensiva, siempre sosegada y provista de respuestas apropiadas, aunque no pueda brindar abrazos, ahí es donde el perro entra en acción. No deseo que parezca que estoy utilizando al perro. Sería un can callejero al que podría brindarle una vida mejor de la que tendría en la calle. ¿Y qué sucede con la intimidad? Si llegara a ser necesaria, podría ser abordada de otra manera mediante servicios adecuados para adultos, aunque a mi edad ya no sería una prioridad.
Para terminar la idea, en caso de que algo me aconteciera lejos de mi perro, sería imprescindible contar con un plan alternativo. Un amigo de confianza o una organización debería asegurarse de que mi perro no padezca en absoluto. Una mano con guante aplicaría la pomada, y así se extinguirían las preocupaciones también para él.
En la era de la tecnología, esta idea no parece excesivamente complicada. Sin embargo, la realidad es intrincada y lo que parece perfecto en teoría puede tornarse desastroso en la práctica.

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