el Profesor Frío


El calor se ha vuelto un enemigo formidable en mi día a día. A partir de los  30°C, salir de mi razonablemente fresco refugio se convierte en una verdadera odisea. Si no fuera por la responsabilidad de llevar a los perros a pasear, ni siquiera consideraría salir, especialmente bajo el asedio del sol ardiente. La verdad sea dicha, no tengo el menor interés en buscar compañía más allá de lo que pueda ofrecer mi teléfono o WhatsApp. El calor me deja exhausto, como un vampiro sediento que chupa la energía de sus víctimas.

Mientras Judit se dedica a pintar mandalas y encontrar su paz interior, yo apenas logro reunir las fuerzas para hacer cualquier cosa, anticipando con resignación el inevitable momento de enfrentar las calles abrasadoras con los perros, quienes, fieles a sus instintos, tiran de la correa y ladran, haciendo el paseo aún más fatigante.

No puedo quejarme de las comodidades de mi hogar: es espacioso, luminoso y está equipado con aire acondicionado en casi todas partes, además de ventiladores de techo. Sin embargo, lamentablemente, recibe el embate directo del sol de la tarde. Aunque tenemos dos toldos que intentan mitigar su inclemente calor, no cubren completamente la fachada. Además, Judit prefiere tenerlos recogidos, por razones que no alcanzo a comprender del todo.

Hay al menos un tercio del año en el que preferiría simplemente desconectarme, igual que los osos durante el invierno.

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